El suicidio
El suicidio No debemos equivocar el sentido de la palabra. Cuando decimos que una afección individual o social es moral, queremos decir que no nos obliga a adoptar medidas, que no se puede solucionar más que a través de exhortaciones repetidas, de reprensiones metódicas, en una palabra, de una acción verbal. Razonamos como si un sistema de ideas no importase al resto del universo, como si para deshacerlo o rehacerlo bastase con pronunciar determinadas fórmulas de cierta manera. No somos conscientes de que esto es aplicar a las cosas del espíritu las creencias y métodos que el hombre primitivo aplica al mundo físico. Así como él cree en la existencia de palabras mágicas que tienen el poder de trasmutar a un ser en otro, nosotros admitimos implícitamente, sin percibir la tosquedad de la idea, que las inteligencias y los caracteres se pueden transformar con las palabras apropiadas. Como el salvaje, que al afirmar enérgicamente su voluntad de asistir a determinado fenómeno cósmico cree ser su artífice en virtud de la magia simpática, nosotros creemos que si enunciamos nuestro deseo de que se lleve a cabo tal o cual revolución, esta tendrá lugar espontáneamente. Pero en realidad la mentalidad de un pueblo es un conjunto de fuerzas definidas que no se pueden desordenar ni reordenar por medio de simples inducciones. Depende de la forma en que se agrupan y organizan los elementos sociales. De un pueblo formado por cierto número de individuos dispuestos de determinada manera, resultan un conjunto de ideas y prácticas colectivas que permanecen constantes mientras no cambien las condiciones de las que dependen. En efecto, según conste de elementos más o menos numerosos y estos se ordenen de una forma u otra, la naturaleza del ser colectivo varía y, por consiguiente, su manera de pensar y obrar. Pero las formas de pensar y actuar sólo pueden cambiarse modificándolo a él mismo y no se le puede alterar sin modificar su constitución anatómica. De lo anterior se deduce que, al calificar de moral a ese mal, uno de cuyos síntomas es la anormal evolución de los suicidios, queremos reducirlo a no sé qué afección superficial susceptible de adormecerse con buenas palabras. Pero la alteración del temperamento moral que nos revela testimonia una profunda deformación de nuestra estructura social. Para evitar lo primero hay que reformar la segunda.