El suicidio
El suicidio Esto nos permite solucionar el problema de la constitución de las razas, pero entonces usamos la palabra en una acepción tan extensa que roza la indeterminación. Con ella no designamos solamente los entronques más generales de la especie, las divisiones naturales y relativamente inmutables de la humanidad, sino tipos de todas clases. Desde este punto de vista cada grupo de naciones cuyos miembros presentan semejanzas, en parte hereditarias, entre sí debido a las relaciones íntimas que los han unido durante siglos, constituiría una raza. Y así se habla a veces de una raza latina, de una raza anglosajona, etc., y sólo consideramos a las razas factores concretos y vivos de la evolución histórica desde este punto de vista. Debido al mestizaje de los pueblos, a los cruces de la historia, las grandes razas primitivas han acabado por mezclarse de tal suerte entre sí que han perdido casi toda su individualidad. No han desaparecido, pero sólo conocemos de ellas vagos rudimentos, rasgos difusos que casan mal unos con otros y no arrojan fisonomías características. Un tipo humano, reproducido únicamente con ayuda de algunos datos dudosos sobre la estatura y la forma del cráneo, carece de la coherencia y determinación suficientes como para atribuirle una gran influencia sobre la evolución de los fenómenos sociales. Los tipos más concretos y reducidos, a los que se denomina raza en el sentido amplio de la palabra, destacan más y desempeñan necesariamente un papel histórico, pues son el resultado de la historia más que de la naturaleza. Pero debemos dar una definición objetiva. Apenas sabemos, por ejemplo, qué signos externos diferencian a la raza latina de la sajona. Cada cual habla de esta cuestión a su manera, sin gran rigor científico.