El Matadero
El Matadero Pero no es extraño, supuesto que el diablo, con la carne, suele meterse en el cuerpo, y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el dÃa en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Asà era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros abuelos, que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
Sea como fuere, a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, de achuradores y de curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al Matadero.
–Chica, pero gorda –exclamaban–. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!
Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del Matadero, y no habÃa fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San AgustÃn. Cuentan que al oÃr tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas, conociendo que volvÃan a aquellos lugares la acostumbrada alegrÃa y la algazara precursora de abundancia.