El Matadero
El Matadero Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacÃan, venÃan a formarse tomando diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna bala perdida, o asomase la quijada de algún encolerizado mastÃn. Esto era que, inter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos de su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la presa de achura salÃa, de cuando en cuando, una mugrienta mano a dar un tarascón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero, y el continuo hervidero de los grupos, dichos y griterÃa descompasada de los muchachos.
–Ahà se mete el sebo en las tetas, la tÃa –gritaba uno.
–Aquél lo escondió en el alzapón –replicaba la negra.
–¡Che! negra bruja, salà de aquà antes de que te pegue un tajo –exclamaba el carnicero.
–¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas.
–Son para esa bruja: a la m…
–¡A la bruja! ¡A la bruja! –repitieron los muchachos–. ¡Se lleva la riñonada y el tongorÃ!
Y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.