La Cautiva
La Cautiva y pasa; o su tolderÃa[12]
sobre la grama frondosa
asienta, esperando el dÃa
duerme, tranquila reposa,
sigue veloz su camino.
¡Cuántas, cuántas maravillas,
sublimes y a par sencillas,
sembró la fecunda mano
de Dios allÃ! ¡Cuánto arcano
que no es dado al vulgo ver!
La humilde yerba, el insecto,
la aura aromática y pura;
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer.
Las armonÃas del viento
dicen más al pensamiento
que todo cuanto a porfÃa
la vana filosofÃa
pretende altiva enseñar.
¿Qué pincel podrá pintarlas
sin deslucir su belleza?
¿Qué lengua humana alabarlas?
Sólo el genio su grandeza
puede sentir y admirar.
Ya el sol su nÃtida frente
reclinaba en Occidente,