La Cautiva
La Cautiva de sus madres –¡dÃa lleno
de execración y amargura,
en que murió mi ventura,
tu memoria me da horror!–.
Asà dijo, y ya no siente,
ni llora, porque la fuente
del sentimiento fecunda
que el femenil pecho inunda,
consumió el voraz dolor.
Y el amor y la venganza
en su corazón alianza
han hecho, y sólo una idea
tiene fija y saborea
su ardiente imaginación.
Absorta el alma, en delirio
lleno de gozo y martirio
queda, hasta que al fin estalla
como volcán, y se explaya
la lava del corazón.
Allà está su amante herido,
mirando al cielo, y ceñido
el cuerpo con duros lazos,
abiertos en cruz los brazos,
ligadas manos y pies.
Cautivo está, pero duerme;
inmoble, sin fuerza, inerme
yace su brazo invencible: