La Cautiva
La Cautiva y la estrecha cariñoso
y en éxtasis amoroso
ambos respiran asÃ.
Mas, súbito él la separa,
como si en su alma brotara
horrible idea, y la dice:
–MarÃa, soy infelice,
ya no eres digna de mÃ.
Del salvaje la torpeza
habrá ajado la pureza
de tu honor, y mancillado
tu cuerpo santificado
por mi cariño y tu amor;
ya no me es dado quererte–.
Ella le responde: –Advierte,
que en este acero está escrito
mi pureza y mi delito,
mi ternura y mi valor.
Mira este puñal sangriento,
y saltará de contento
tu corazón orgulloso;
diómelo amor poderoso,
diómelo para matar
al salvaje que insolente
ultrajar mi honor intente;
para a un tiempo, de mi padre,
de mi hijo tierno y mi madre