La Cautiva
La Cautiva y rompiendo enfurecida
los espesos matorrales,
camina a un sordo rumor
que oye próximo, y mirando
el hondo cauce anchuroso
de un arroyo que copioso
entre la paja corrÃa,
se volvió atrás, exclamando
arrobada de alegrÃa:
-¡Gracias te doy, Dios Supremo!
Brian se salva, nada temo.
Pronto llega al alto nido
donde yace su querido,
sobre sus hombros le carga,
y con vigor desmedido
lleva, lleva, a paso lento,
al puerto de salvamento
aquella preciosa carga.
Allà en la orilla verdosa
el inmoble cuerpo posa,
y los labios, frente y cara
en el agua fresca y clara
le embebe; su aliento aspira,
por ver si vivo respira,
trémula su pecho toca;
y otra vez sienes y boca
le empapa. En sus ojos vivos