La Cautiva
La Cautiva encuentra: lecho postrero,
que al cadáver del guerrero
preparó el más fino amor.
Sobre ella hincada, MarÃa,
muda como estatua frÃa,
inclinada la cabeza,
semejaba a la Tristeza
embebida en su dolor.
Sus cabellos renegridos
caen por los hombros tendidos,
y sombrean de su frente,
su cuello y rostro inocente,
la nevada palidez.
No suspira allÃ, ni llora;
pero como ángel que implora,
para miserias del suelo
una mirada del cielo,
hace esta sencilla prez:
–Ya en la tierra no existe
el poderoso brazo
donde hallaba regazo
mi enamorada sien:
Tú, ¡oh Dios!, no permitiste
que mi amor lo salvase,
quisiste que volase
donde florece el bien.
Abre, Señor, a su alma