La Cautiva
La Cautiva Tu seno regalado,
del bienaventurado
reciba el galardón.
Encuentre allí la calma,
encuentre allí la dicha,
que busca en su desdicha,
mi viudo corazón–.
Dice. Un punto su sentido
queda como sumergido.
Echa la postrer mirada
sobre la tumba callada
donde toda su alma está.
Mirada llena de vida,
pero lánguida, abatida,
como la última vislumbre
de la agonizante lumbre,
falta de alimento ya.
Y alza luego la rodilla,
y tomando por la orilla
del arroyo hacia el ocaso,
con indiferente paso
se encamina al parecer.
Pronto sale de aquel monte
de paja, y mira adelante
ilimitado horizonte,
llanura y cielo brillante,
desierto y campo doquier.