La Cautiva
La Cautiva guarda y conserva. Quizá
mano generosa y pía
venga a pedírtelo un día;
quizá la viva palabra
un monumento le labra
que el tiempo respetará.
Día y noche ella camina;
y la estrella matutina,
caminando solitaria,
sin articular plegaria,
sin descansar ni dormir,
la ve. En su planta desnuda
brota la sangre y chorrea;
pero toda ella, sin duda,
va absorta en la única idea
que alimenta su vivir.
En ella encuentra sustento.
Su garganta es viva fragua;
un volcán su pensamiento;
pero mar de hielo y agua
refrigerio inútil es
para el incendio que abriga.
Insensible a la fatiga;
a cuanto ve indiferente;
como mísera demente
mueve sus heridos pies
por el desierto. Adormida