Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Los guerreros le persiguieron por el peristilo con imprecaciones, pero también con flechas y piedras que le lanzaban con las hondas que llevaban; sin embargo, solo le alcanzaron las imprecaciones, y estas eran inofensivas.

Cruzó el tejado del edificio y saltó a la calle que había detrás. En la calle había gente, pero se apartaban con terror a medida que aquel bronceado gigante les apartaba y corría hacia la muralla de la ciudad. Al final de esa calle había una puerta, pero no era la puerta por la que habían entrado en la ciudad, y los soldados allí estacionados no sabían nada de él; para ellos no era más que un extranjero semidesnudo, evidentemente un hombre de extraña raza, y por lo tanto un enemigo que no tenía nada que hacer en el interior de las murallas de Chichén Itzá; de modo que intentaron cortarle el paso y arrestarle, pero Tarzán agarró a uno de ellos y, sujetándole por los tobillos, lo utilizó como molinete para abrirse paso a través de los otros guerreros y franquear la puerta.

Al fin era libre, pero nunca había tenido ninguna duda de que sería libre, pues miraba con desprecio a aquellos hombrecillos armados de forma primitiva. ¡Cómo podían esperar retener a Tarzán, Señor de la Jungla! En aquel preciso instante, una piedra procedente de una de las hondas impactó en la parte posterior de su cabeza; y él cayó de bruces, inconsciente.


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