Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Cuando Tarzán recobró el conocimiento, se encontró en una jaula de madera en una habitación apenas iluminada por una sola ventana. Las paredes de la habitación eran bloques de lava encajados y bellamente adornados. La ventana tenía unos sesenta centímetros cuadrados y estaba cerca del techo; también había en la habitación una puerta de robusta madera, que Tarzán supuso cerrada con un cerrojo por fuera. No podía deducir qué destino le aguardaba, pero imaginaba que sería de lo más desagradable, pues el rostro de Chal Yip Xiu era cruel, sin duda, como los rostros de muchos sacerdotes y nobles.

Tarzán probó los barrotes de su jaula de madera y sonrió. Sabía que podría salir de allí cuando le viniera en gana, pero salir de la habitación sería otra cosa; la ventana habría s ido lo bastante grande para salir, pero tenía dos barrotes de piedra; y la puerta parecía muy resistente.

La pared trasera de la jaula estaba a unos sesenta centímetros de la pared trasera de la habitación. En este lado, Tarzán apartó dos barrotes y salió de la jaula. Se dirigió enseguida a la puerta, pero no pudo ni abrirla ni forzarla; sin embargo, esperó con paciencia ante ella con uno de los barrotes rotos de su jaula; sabía que alguien, en algún momento, abriría aquella puerta.


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