Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos No sabía que había estado inconsciente mucho rato y que había pasado la noche y volvía a ser de día. Entonces oyó voces en el exterior de su celda; aumentaron en número y volumen hasta que supo que allí había una gran cantidad de gente, y entonces oyó el resonar de tambores y el fragor de trompetas y unos cánticos.
Cuando se estaba preguntando qué estaba pasando en el exterior, en la ciudad, oyó el chirriar del cerrojo de la puerta. Esperó, con el barrote roto sujetado con fuerza en una mano; y entonces se abrió la puerta y entró un guerrero; un guerrero al que la muerte le llegó rápida y sin dolor.
Tarzán asomó la cabeza por la puerta. Casi directamente frente a él, se encontraba un sacerdote ante un altar sobre el que estaba tumbada de espaldas una muchacha; cuatro hombres con largas túnicas bordadas y tocados de plumas la sujetaban allí, cada uno por una extremidad. El sacerdote se cernía sobre ella con un cuchillo de obsidiana levantado sobre el pecho de la joven.