Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos La muchacha que llevaba al hombro no forcejeó para escapar; estaba demasiado aterrorizada. Arrebatada de la muerte por aquel extraño gigante semidesnudo, solo podía temer qué terrible destino le esperaba. Había oído la historia que Thak Chan había contado, pues se había difundido por toda la ciudad; y pensó que tal vez sí se tratara de Che, Señor del Bosque. La menor sugerencia de semejante posibilidad habría aterrorizado tanto a la pequeña Itzl Cha que no se habría podido mover aunque hubiera querido, pues los dioses son criaturas terribles y no hay que enfrentarse a ellos. Si Che, Señor del Bosque, deseaba llevársela, oponerse a él significaría una muerte segura; eso Itzl Cha lo sabía, y por eso permanecía muy quieta en el ancho hombro de su salvador.
Tarzán pudo saber por el volumen cada vez menor de los ruidos de la persecución que había despistado a la multitud. Pronto llegó a la muralla de la ciudad, a cierta distancia de cualquier puerta. Solo habría podido subir sin dificultades a lo alto, pero cargado con la muchacha no podía; de manera que echó un rápido vistazo alrededor en busca de algún medio para escalarla.