Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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CapĂ­tulo XVI

Krause y sus compañeros no habían caminado dos días para alejarse del campamento de los náufragos, como Tarzán les había ordenado que hicieran. Solo habían recorrido unos seis o siete kilómetros costa arriba, donde habían acampado junto a otro riachuelo que iba a parar al océano. Formaban un grupo amargado y enojado cuando se sentaron en cuclillas desconsolados en la playa y comieron la fruta que habían hecho coger a los lascares. Estuvieron sudando y echando humo un par de días e hicieron planes y se pelearon. Krause y Schmidt querían mandar, y Schmidt ganó porque Krause era el mayor cobarde y tenía miedo de aquel loco. Abdullah Abu Néjm se sentó aparte; les odiaba a todos. Oubanovitch hablaba mucho en un tono de voz elevado y defendía que todos deberían ser camaradas y nadie debería mandar. Los mantenía juntos un solo hilo de interés común: su odio a Tarzán, porque les había echado sin armas ni munición.

—Podríamos regresar por la noche y robar lo que necesitamos —sugirió Oubanovitch.

—He estado pensando lo mismo —dijo Schmidt—. Regresa ahora, Oubanovitch, y haz un reconocimiento del terreno. Puedes ocultarte en la jungla justo fuera de su campamento y obtener un buen plano del terreno, para que sepamos exactamente dónde guardan los rifles.

—Ve tú mismo —replicó Oubanovitch—, no puedes darme órdenes.


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