Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—Yo estoy al mando —gritó Schmidt, poniéndose en pie de un salto.

Oubanovitch también se puso en pie. Era un bruto de una gran corpulencia, mucho más voluminoso que Schmidt.

—¡Y qué! —exclamó.

—No tiene sentido que discutamos entre nosotros —intervino Krause—. ¿Por qué no mandas a un lascar?

—Si tuviera un arma, este sucio comunista me obedecería —rezongó Schmidt, y luego llamó a uno de los marineros lascares—. Ven aquí, Chuldrup —ordenó.

El lascar se alejó cabizbajo, con expresión hosca y el entrecejo fruncido. Odiaba a Schmidt; pero toda su vida había recibido órdenes de hombres blancos y la costumbre estaba muy arraigada en él.

—Ve al otro campamento —le indicó Schmidt—; te escondes en la jungla, ves dónde están las armas, dónde guardan las balas.

—No, no —replicó Chuldrup—; en la jungla, tigre.


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