Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos El coronel William Cecil Hugh Percival Leigh suspiró; la suya no era una existencia absolutamente feliz. Muchos de los hombres estaban empezando a dar muestras de inquietud e irritación, y habÃa algunos que habÃan empezado a poner en duda su derecho a darles órdenes. Él mismo también se lo preguntaba, pero sabÃa que las condiciones se volverÃan insoportables si no habÃa alguna autoridad. Por supuesto, Algy, Bolton, Tibbet y Crouch le apoyaban, igual que De Groote y Tarzán. De quien más dependÃa era de Tarzán, pues se daba cuenta de que era un hombre que no tolerarÃa la más mÃnima tonterÃa en caso de un motÃn. Y ahora su esposa querÃa que insistiera en que aquel hombre medio salvaje se pusiera pantalones. El coronel suspiró de nuevo.
Patricia se sentó junto a Tarzán e Itzl Cha.
—¿Cómo va la clase de maya? —preguntó ella.
—Itzl Cha dice que lo hago espléndidamente —respondió Tarzán.
—E Itzl Cha empieza a dominar el inglés, más o menos —dijo Patricia—; ella y yo casi podemos mantener una conversación inteligente. Me ha contado algunas cosas muy interesantes. ¿Sabes por qué iban a sacrificarla?
—A algún dios, supongo —respondió Tarzán.
—SÃ, a un dios llamado Che, Señor del Bosque, para apaciguarle por la afrenta que le habÃa hecho un hombre que afirmaba que tú eras Che, Señor del Bosque.