Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Es un tonto —replicó Krause—; no sabe decir ni comprender una sola palabra. Para él es un honor que un alemán le escupa.
—No obstante, no permitas que Schmidt vuelva a hacerlo.
SonĂł la campana del barco y Schmidt fue a relevar al primer oficial en el puente.
—El cerdo es él —dijo la muchacha, mirando a Schmidt cuando se alejaba.
Los dos permanecieron mirando al hombre salvaje mientras Hans de Groote bajaba del puente y se reunĂa con ellos. El holandĂ©s era un joven apuesto de poco más de veinte años; le habĂan contratado como primer oficial en Batavia, en el viaje de ida, despuĂ©s de que su predecesor se hubiera «caĂdo por la borda» misteriosamente. Schmidt, que creĂa que el cargo habrĂa tenido que corresponderle a Ă©l, le odiaba y no hacĂa ningĂşn esfuerzo por ocultarlo. Que habĂa mala sangre entre ellos no era algo que provocara comentarios a bordo del SaigĂłn, pues la mala sangre era más la norma que la excepciĂłn.