Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Aquella noche los cuatro hombres tuvieron que ocuparse del fuego, que los lascares habían mantenido encendido para ellos en los días pasados para protegerse de las bestias salvajes; y también tuvieron que recoger leña. Ahora les tocó a ellos hacer turnos para montar guardia.

—Bien, camarada —dijo Schmidt a Oubanovitch—, ¿cómo te sientan las revoluciones ahora que estás al otro lado de una?

Los lascares, al no tener a ningún hombre blanco que les diera órdenes, se acostaron todos y dejaron que su fuego se extinguiera. Abdullah Abu Néjm estaba de guardia en el campamento menor cuando oyó una serie de feroces gruñidos procedentes de la dirección del campamento de los lascares, y luego un grito de dolor y de terror. Los otros tres hombres se despertaron y se pusieron en pie de un salto.

—¿Qué ocurre? —preguntó Schmidt.

—El adrea, Señor de la Ancha Cabeza —respondió el árabe.

—¿Qué es eso? —preguntó Oubanovitch.

—Un león —explicó Krause—; ha cogido a uno de ellos.


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