Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Cuando Abdullah dejó de hablar, se oyó un sonido terrible procedente de la linde de la jungla, y aparecieron dos formas: las hienas habían percibido el olor de la presa del león y se pusieron a desgarrar lo que quedaba del lascar.

La noche siguiente los lascares no hicieron ninguna fogata; y desapareció otro.

—¡Qué tontos! —exclamó Krause—; ese león ya ha cogido la costumbre, y ninguno de nosotros volverá a estar jamás a salvo aquí.

—Son fatalistas —dijo Schmidt—; creen que todo lo que está ordenado de antemano que ocurra tiene que ocurrir, y que no pueden hacer nada para impedirlo.

—Bueno, yo no soy fatalista —replicó Krause—. Después de esto dormiré en un árbol —y se pasó el día siguiente construyendo una plataforma en un árbol en la linde del bosque, ejemplo que los otros tres hombres se apresuraron a seguir. Incluso los lascares se quedaron impresionados, y aquella noche llegó el león y rugió por los campamentos vacíos.

—He soportado todo lo que puedo —dijo Krause—; voy a ir atrás y ver a ese tipo, Tarzán. Prometeré cualquier cosa si nos deja quedarnos en su campamento.

—¿Cómo vas a llegar hasta allí? —preguntó Schmidt—. Yo no volvería a penetrar en esa jungla ni por veinte millones de marcos.


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