Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—Dime, Itzl Cha —dijo—, qué es lo que más probablemente hará tu gente a Patricia.

—Nada, dos, tres días, tal vez un mes —respondió la muchacha—; luego, la ofrecen a un dios.

—Mira ahora a esa criatura —dijo Penelope Leigh—, hablando con esa jovencita india en susurros. Puedo imaginar lo que le está diciendo.

—¿Pondrían a Patricia en la jaula donde me metieron a mí? —preguntó Tarzán.

—Creo que en el Templo de las Vírgenes, en la cima de la pirámide sagrada; el Templo de las Vírgenes es un lugar muy sagrado y muy bien protegido.

—Puedo llegar hasta allí —aseguró Tarzán.

—No irás allí, ¿verdad? —preguntó Itzl Cha.

—Esta noche —respondió Tarzán.

La muchacha le rodeĂł con los brazos.

—Por favor, no vayas —le rogó—; no puedes salvarla, y te matarán.

—¡Mira! —exclamó Penelope Leigh—; ¡es el mayor descaro que he visto en mi vida! William, debes poner fin a esto. No puedo soportarlo; jamás me había visto en la necesidad de tratar con gente tan disoluta —y lanzó una mirada venenosa a Janette.

Tarzán se soltó de los brazos de la muchacha.

—Vamos, vamos, Itzl Cha —dijo—; no me matarán.


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