Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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—Pues estoy vivito y coleando —bromeó—, y ya no tienes nada más que temer de Schmidt y su pandilla; todos están muertos.

—Me alegro —dijo Tarzán—; eran hombres malos.

* * *

La pequeña Itzl Cha corrió por la jungla. Estaba aterrorizada, pues cada vez era más oscuro y por la noche en el bosque hay demonios y los espíritus de los muertos; pero siguió corriendo, espoleada por los celos, el odio y el deseo de venganza.

Llegó a Chichén Itzá después de anochecer, y el guardia apostado en la puerta no la dejó pasar hasta que ella le dijo quién era y que tenía que dar un recado importante a Chal Yip Xiu, el sumo sacerdote. La llevaron ante él y ella se hincó de rodillas.

—¿Quién eres? —preguntó el hombre, y entonces la reconoció—. Así que has vuelto —dijo—. ¿Por qué?

—He venido a decirte que el hombre que me robó del altar del sacrificio vendrá esta noche a llevarse a la muchacha blanca del templo.

—Por este hecho mereces mucho de los dioses —dijo Chal Yip Xiu—, y de nuevo serás honrada siendo ofrecida a ellos —y metieron a la pequeña Itzl Cha en una jaula de madera para esperar el sacrificio.


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