Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Tarzán avanzaba lentamente por la jungla camino de Chichén Itzá. No deseaba llegar antes de medianoche, cuando creía que la ciudad estaría silenciosa y la mayoría de sus habitantes dormiría. Un viento suave le acariciaba el rostro y llevó hasta su olfato un rastro de olor conocido: Tantor, el elefante, andaba cerca. Había encontrado un camino más fácil para ir a la meseta que el más corto que Tarzán empleaba, y asimismo en la meseta había encontrado un espléndido suministro de tiernos brotes que eran los que más le gustaban.

Tarzán no le llamó hasta que estuvo bastante cerca, y entonces habló en voz baja; y Tantor, que reconoció su voz, se acercó y comprobó si estaba en lo cierto pasando la trompa por el cuerpo del hombre mono.

A una orden levantó a Tarzán hasta su cruz, y el Señor de la Jungla cabalgó hasta la linde del bosque justo fuera de la ciudad de Chichén Itzá.

Deslizándose de la cabeza de Tantor, Tarzán cruzó los campos hasta la muralla de la ciudad. Antes de llegar allí, echó a correr y, cuando se cernía ante él, trepó por ella como lo hubiera hecho un gato. La ciudad estaba silenciosa y las calles estaban desiertas; de modo que Tarzán llegó al pie de la pirámide sin encontrarse con nadie.


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