Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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CapĂ­tulo XXIV

Patricia Leigh-Burden no era el tipo de muchacha que se conmueve fácilmente y llora, pero ahora que se hallaba al borde de aquel terrible abismo, su cuerpo se convulsionaba a causa de los sollozos; y entonces, cuando el sol estuvo sobre el borde y arrojó su luz al cráter, vio a Tarzán nadando lentamente en una charca a unos veinte metros. Al instante acudieron a su mente las historias que había leído del sagrado dnozot de la antigua Chichén Itzá en Yucatán, y la esperanza volvió a arder en su pecho.

—Tarzán —gritó, y el hombre se giró y miró hacia arriba—. Escucha —prosiguió—. Conozco esta forma de pozo del sacrificio; lo practicaban los mayas en América Central hace cientos de años. La víctima era arrojada al pozo sagrado de Chichén Itzá al amanecer, si a mediodía seguía viva, la sacaban y la elevaban al rango más elevado; prácticamente, se convertía en un dios vivo en la tierra. Tienes que mantenerte a flote hasta mediodía, Tarzán; ¡tienes que hacerlo!, ¡tienes que hacerlo!

Tarzán le sonrió y la saludó con la mano. Los sacerdotes miraban a la muchacha con recelo, aunque no tenían ni idea de lo que le había dicho a su víctima.

—¿Crees que podrás. Tarzán? —preguntó ella—. Tienes que hacerlo, porque te amo.


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