Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Patricia Leigh-Burden no era el tipo de muchacha que se conmueve fácilmente y llora, pero ahora que se hallaba al borde de aquel terrible abismo, su cuerpo se convulsionaba a causa de los sollozos; y entonces, cuando el sol estuvo sobre el borde y arrojĂł su luz al cráter, vio a Tarzán nadando lentamente en una charca a unos veinte metros. Al instante acudieron a su mente las historias que habĂa leĂdo del sagrado dnozot de la antigua ChichĂ©n Itzá en Yucatán, y la esperanza volviĂł a arder en su pecho.
—Tarzán —gritĂł, y el hombre se girĂł y mirĂł hacia arriba—. Escucha —prosiguió—. Conozco esta forma de pozo del sacrificio; lo practicaban los mayas en AmĂ©rica Central hace cientos de años. La vĂctima era arrojada al pozo sagrado de ChichĂ©n Itzá al amanecer, si a mediodĂa seguĂa viva, la sacaban y la elevaban al rango más elevado; prácticamente, se convertĂa en un dios vivo en la tierra. Tienes que mantenerte a flote hasta mediodĂa, Tarzán; ¡tienes que hacerlo!, ¡tienes que hacerlo!
Tarzán le sonriĂł y la saludĂł con la mano. Los sacerdotes miraban a la muchacha con recelo, aunque no tenĂan ni idea de lo que le habĂa dicho a su vĂctima.
—¿Crees que podrás. Tarzán? —preguntó ella—. Tienes que hacerlo, porque te amo.
