Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos El rey y el sumo sacerdote parecĂan de lo más incĂłmodo cuando Tarzán les mirĂł a la cara.
—Vine a la tierra en forma de mortal —dijo— para ver cĂłmo gobernabais a mi gente de ChichĂ©n Itzá. No estoy satisfecho. VolverĂ© otra vez algĂşn dĂa para ver si habĂ©is mejorado. Ahora me voy, y me llevo a esta mujer —y puso una mano en el brazo de Patricia—. Os ordeno que dejĂ©is libre a Itzl Cha, y procurad que ni ella ni nadie más sea sacrificado antes de mi regreso.
CogiĂł a Patricia de la mano y juntos descendieron el empinado sendero que conducĂa al borde del cráter y despuĂ©s la ladera del volcán, seguidos por la gente, que formaba una larga procesiĂłn, cantando mientras marchaban. Cuando llegaron a la ciudad, Tarzán se volviĂł y alzĂł una mano.
—No me sigáis más —dijo a la multitud, y luego se dirigió a Patricia—: Ahora les daré algo para que lo cuenten a sus nietos.
Ella le mirĂł con aire interrogador y sonriĂł.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
Por toda respuesta, lanzĂł un largo y horripilante grito, y luego, en el lenguaje de los grandes simios, gritĂł: