Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Una vez más Nkima cruzó la llanura, esta vez sobre el ancho y moreno hombro de Muviro, jefe de los waziri de plumas blancas. Una vez más, no paraba de parlotear, y su corazón era como el corazón de Numa el león. Desde el hombro de Muviro, igual que desde el hombro de Tarzán, Nkima podía mandar el mundo al infierno; y lo hacía.

Desde su camión, que avanzaba con lentitud, Melton vio, a lo lejos, lo que parecía ser un gran grupo de hombres que se aproximaban. Detuvo el camión y cogió sus prismáticos.

Cuando los hubo enfocado sobre el objeto de su interés lanzó un silbido. «Espero que sean amistosos», pensó. Uno de sus muchachos le había contado que los babangos estaban haciendo incursiones en algún lugar por aquel territorio, y las pruebas que había visto alrededor del automóvil siniestrado parecían dar consistencia al rumor. Vio que el muchacho que iba a su lado llevaba el rifle preparado, y puso el camión en marcha otra vez.




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