Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Un gigantesco hombre bronceado, desnudo salvo por un taparrabos, acechaba en silencio por un sendero de la jungla. Era Tarzán, que atravesaba sus dominios en la vasta jungla, en el vivificante frescor de primera hora de la mañana.
La jungla era más o menos abierta en esta zona, con algunos claros naturales de vez en cuando en los que solo crecĂan unos cuantos árboles. En consecuencia, Tarzán avanzaba rápido; es decir, rápido por ser movimiento de tierra.
Si la jungla hubiera sido densa se habrĂa subido a los árboles, y habrĂa avanzado pasando de uno a otro con la fuerza de un simio y la rapidez de un mono. Porque era Tarzán de los Monos, quien, a pesar de sus muchos contactos con la civilizaciĂłn desde los primeros dĂas de su juventud, habĂa conservado todas sus maneras de actuar y los poderes de la jungla.
ParecĂa indiferente a lo que le rodeaba, pero esta indiferencia era engañosa, consecuencia de lo familiarizado que estaba con lo que veĂa y oĂa en la jungla. En realidad, todos sus sentidos estaban alerta.
