Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos La vista pronto comprobó la suposición. Allí estaba, la masa de restos chafados de lo que en otro tiempo había sido un pájaro construido por el hombre, un aparato sobrevolando África. Ahora estaba roto y retorcido, triste prueba de la tragedia.
Aquí se hallaba, Tarzán lo sabía, la segunda mitad del rompecabezas. Este era el otro avión, que había llevado al hombre que había disparado a la garganta del otro hombre y le había matado. La cola de este avión mostraba los estragos hechos por el fuego de la ametralladora. Sí, era evidente que se había producido una batalla en el aire, una batalla desigual, pues aparentemente el hombre de este segundo avión solo iba armado con un revólver.
Sin embargo, desigual o no, el Hombre Número Dos había logrado escapar al destino del Número Uno. Allí se veía hierba pisoteada. El Número Dos había regresado al avión. Y después se había marchado.
Tarzán siguió el rastro un breve trecho y llegó a una enmarañada masa de cuerdas y seda.
—Paracaídas —dijo—. El Número Dos saltó.
La mente de Tarzán estaba ocupada. Sus ojos sostenían la mirada a lo lejos mientras reconstruía lo que debió de suceder.