Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Cómo sobrevivió el teniente Cecil Giles-Burton a sus caminatas sin rumbo por la jungla fue uno de esos milagros que a veces ocurren en África. El Continente Oscuro, cruel para los que no lo conocían, no le hizo nada a este hombre. Y la parte del hilo del Destino que le unía indirectamente a una joven parlanchina en el lejano Chicago todavía no estaba humedecido con su propia sangre.
En dos ocasiones se encontró Burton con leones. En ambos casos, por fortuna, había un árbol cerca y se encaramó a él. Uno de esos leones estaba vorazmente hambriento e iba de caza. Burton estuvo en el árbol un día entero. Llegó a pensar que moriría de sed.
Pero al fin la propia hambre del león acabó con su paciencia y se marchó tras una presa menos difícil.
Por el otro león Burton no tuvo que preocuparse. Tenía el vientre lleno y no le habría prestado atención ni a una gorda cebra, su comida favorita. Pero Burton, a diferencia de Tarzán, no sabía distinguir la diferencia entre un león hambriento y uno saciado. Asimismo, como la mayoría de personas que desconocen la jungla, tenía la idea de que todos los leones eran carnívoros y mataban a todo ser vivo que pudieran alcanzar.
El principal problema de Burton era obtener comida. Pronto perdió peso. Comía muchas cosas extrañas, como langostas, y comprendió que un hombre hambriento se come cualquier cosa.
