Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Fue justo antes del amanecer, y hacĂa mucho frĂo. El askari de guardia estaba todavĂa más adormilado que el hombre al que habĂa relevado. Debido al frĂo, se sentĂł muy cerca del fuego con la espalda apoyada en un tronco, y sentado allĂ se quedĂł dormido.
Cuando despertĂł, se quedĂł tan perplejo y desconcertado por lo que vieron sus ojos que por un momento fue incapaz de reaccionar. Se quedĂł allĂ sentado, con los ojos como platos, mirando a un hombre blanco semidesnudo que estaba sentado en cuclillas cerca de Ă©l, calentándose las manos ante el fuego. ÂżDe dĂłnde habĂa salido aquella apariciĂłn? No estaba allĂ un momento antes. El askari pensĂł que quizás estaba soñando. Pero no. El visitante era demasiado real, de un fĂsico inmenso.
Los labios del extraño se separaron.
—¿De quién es este safari? —preguntó en swahili.
El askari logrĂł que le saliera la voz.
—¿QuiĂ©n eres? ÂżDe dĂłnde has salido? —De pronto sus ojos se abrieron todavĂa más y se quedĂł boquiabierto—. Si eres un demonio —dijo—, te traerĂ© comida, si no nos haces daño.
—Soy Tarzán —dijo el extranjero—. ¿De quién es este safari?
