Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Ha ocurrido algo terrible, Babs —dijo, evitando su mirada interrogadora. Luego la acompañó de nuevo a su tienda y se lo contó.
Gault ordenó bruscamente a los hombres que volvieran a sus obligaciones, convocó a todos los askaris que habían estado de guardia durante la noche y les interrogó. Los otros blancos estaban reunidos a su alrededor, pero solo Tarzán entendió las preguntas y las respuestas, que eran en swahili.
Cuatro askaris habían estado de guardia durante la noche, y todos insistían en que no habían visto ni oído nada inusual, con excepción del último, que informó del extraño hombre blanco que había entrado en el campamento justo antes del amanecer para calentarse ante el fuego.
—¿Has visto si estaba todo el rato en el campamento? —preguntó Gault.
El hombre vaciló.
—Me dolían los ojos a causa del fuego, bwana, y los cerré. Pero solo un momento. Todo el resto del tiempo le vi sentado en cuclillas junto al fuego, calentándose.
—Mientes —dijo Gault—. Estabas dormido.
—Tal vez dormí un poco, bwana. —Entonces ¿podría este hombre haber tenido tiempo de ir a la tienda y asesinar al bwana Burton?