Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Si oigo alguna queja más —dijo Schmidt—, os arrojarĂ© a todos por la borda, con la jaula incluida. ÂżQuĂ© querĂ©is? TenĂ©is transporte gratis, comida gratis y habitaciones privadas. HabĂ©is recibido duchas gratis tambiĂ©n durante los Ăşltimos tres dĂas.
—Pero, hombre, mi esposa morirá si está expuesta al aire libre mucho más tiempo —intervino el coronel Leigh.
—Que se muera —replicó Schmidt—, necesito carne fresca para el hombre salvaje y los otros animales. —Dicha esta lindeza, Schmidt regresó al puente.
Miss Leigh sollozaba, y el coronel proferĂa escabrosas maldiciones. Tarzán esperaba, y despuĂ©s ocurriĂł lo que estaba esperando; Asoka, el lascar, se acercaba para llevar a cabo la inspecciĂłn, esta vez con retraso. Caminaba con aire arrogante, sintiendo la importancia de ser cuidador de los sahibs ingleses y sus señoras.
Las luces del barco aliviaron la oscuridad lo suficiente para poder discernir los objetos a cierta distancia, y Tarzán, cuyos ojos estaban entrenados por la costumbre de ver de noche, habĂa reconocido de inmediato a Asoka en cuanto puso los pies en cubierta.
El hombre mono se quedĂł parado agarrando dos barrotes juntos de su jaula mientras Asoka pasaba manteniendo los brazos fuera del alcance del hombre salvaje. Janette Laon estaba al lado de Tarzán; percibĂa de forma intuitiva que algo importante estaba a punto de ocurrir.