Una princesa de Marte
Una princesa de Marte 
La huida
El resto de nuestro viaje no tuvo imprevistos. Estuvimos veinte dÃas en la ruta, cruzando dos lechos de mares y atravesando o rodeando un número de ciudades en ruinas, bastante más pequeñas que Korad. Atravesamos dos veces los famosos acueductos marcianos, llamados canales por nuestros astrónomos terrestres. Cuando llegábamos a esos sitios, se enviaba a un guerrero a la delantera, provisto de un catalejo. Si no habÃa una tropa considerable de marcianos rojos a la vista, nos acercábamos lo más posible sin correr el riesgo de ser vistos, y acampábamos hasta que oscureciera. Entonces nos aproximábamos cuidadosamente hasta las zonas cultivadas, y luego de localizar uno de los numerosos y anchos caminos que por lo general cruzan esas áreas, nos deslizábamos silenciosa y furtivamente hacia las tierras áridas del otro lado. Uno de esos cruces nos llevó cinco horas sin parar una sola vez y el otro llevó la noche entera, de modo que sólo abandonamos los confines de los campos cercados cuando empezaba a despuntar el sol.
