Una princesa de Marte

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18

Encadenado en Warhoon

Debieron de haber pasado varias horas antes que recobrara el sentido. Recuerdo perfectamente el sentimiento de sorpresa que me invadió cuando descubrí que no estaba muerto.

Estaba tendido en una pila de sedas y pieles de dormir, en un ángulo de una habitación pequeña en la que había varios guerreros verdes. Inclinada sobre mí estaba una anciana horrible.

Cuando abrí los ojos se volvió hacia uno de los guerreros diciendo:

—¡Vivirá, oh, Jed!

—Muy bien —contestó éste, levantándose y acercándose a mi cama—. Nos suministrará un precioso deporte para los grandes juegos.

En ese momento mis ojos cayeron sobre él. Vi que no era Tharkiano, ya que sus ornamentos y armas, no eran los de esa horda. Era un tipo inmenso, con horribles cicatrices en la cara y en el pecho, con un colmillo roto y una oreja menos. A ambos lados del pecho pendían cráneos humanos y de éstos, a su vez, pendían manos humanas disecadas.

Su referencia a los grandes juegos, de los que tanto había oído hablar mientras estaba entre los Tharkianos, me convenció de que no había hecho más que saltar del purgatorio al infierno.


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