Una princesa de Marte
Una princesa de Marte 
Encadenado en Warhoon
Debieron de haber pasado varias horas antes que recobrara el sentido. Recuerdo perfectamente el sentimiento de sorpresa que me invadió cuando descubrà que no estaba muerto.
Estaba tendido en una pila de sedas y pieles de dormir, en un ángulo de una habitación pequeña en la que habÃa varios guerreros verdes. Inclinada sobre mà estaba una anciana horrible.
Cuando abrà los ojos se volvió hacia uno de los guerreros diciendo:
—¡Vivirá, oh, Jed!
—Muy bien —contestó éste, levantándose y acercándose a mi cama—. Nos suministrará un precioso deporte para los grandes juegos.
En ese momento mis ojos cayeron sobre él. Vi que no era Tharkiano, ya que sus ornamentos y armas, no eran los de esa horda. Era un tipo inmenso, con horribles cicatrices en la cara y en el pecho, con un colmillo roto y una oreja menos. A ambos lados del pecho pendÃan cráneos humanos y de éstos, a su vez, pendÃan manos humanas disecadas.
Su referencia a los grandes juegos, de los que tanto habÃa oÃdo hablar mientras estaba entre los Tharkianos, me convenció de que no habÃa hecho más que saltar del purgatorio al infierno.
