Una princesa de Marte
Una princesa de Marte 
Prisionero
Habríamos hecho diez kilómetros cuando el suelo comenzó a elevarse rápidamente. Estábamos acercándonos a lo que más tarde me enteraría que era el borde de uno de los inmensos mares muertos de Marte. En el lecho de este mar seco había tenido lugar mi encuentro con los marcianos.
Llegamos enseguida al pie de la montaña, y luego de atravesar una angosta garganta, aparecimos en un amplio valle, en cuyo extremo opuesto se extendía una meseta baja. Sobre ella pude ver una enorme ciudad, hacia donde galopamos, entrando por lo que parecía ser una ruta abandonada que salía de la ciudad, pero sólo hasta el borde de la meseta, donde terminaba abruptamente en un tramo de escalones anchos.
Al observar más de cerca vi que los edificios que pasábamos estaban desiertos, y aunque no estaban muy arruinados tenían el aspecto de no estar habitados desde hacía años, posiblemente siglos. Hacia el centro de la ciudad había una gran plaza y tanto en ella como en los edificios vecinos acampaban entre novecientas y mil criaturas de la misma especie de mis captores, pues así los había llegado a considerar, a pesar de la forma apacible en que me habían atrapado.
