Una princesa de Marte
Una princesa de Marte La mañana en que Powell partió era diáfana y hermosa como la mayoría de las mañanas en Arizona. Pude verlos a él y a sus animalitos de carga siguiendo su camino hacia el valle. Durante toda la mañana pude verlos ocasionalmente cuando cruzaban una loma o cuando aparecían sobre una meseta plana. La última vez que vi a Powell fue alrededor de las tres de la tarde, cuando quedó envuelto en las sombras de las sierras del lado opuesto del valle.
Alrededor de media hora más tarde se me ocurrió mirar a través del valle y me sorprendí mucho al ver tres pequeños puntos en el lugar aproximado donde había visto por última vez a mi amigo y sus dos animales de carga. No acostumbro preocuparme en vano, pero cuanto más trataba de convencerme de que todo le iba bien a Powell, y que las manchas que había visto en su ruta eran antílopes o caballos salvajes, menos seguro me sentía.
Yo sabía que Powell estaba bien armado y, más aún, sabía que era un experimentado cazador de indios; pero yo también había vivido y luchado durante muchos años entre los sioux, en el norte, y sabía que las posibilidades de Powell eran pocas contra un grupo de apaches astutos. Finalmente no pude soportar más la ansiedad, y tomando mis dos revólveres Colt, una carabina y dos cinturones con cartuchos, preparé mi montura y comencé a seguir el camino que Powell había tomado esa mañana.
