Una princesa de Marte

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Una hermosa cautiva

Al tercer día de la ceremonia de la incubadora nos pusimos en marcha hacia casa, pero apenas la cabeza de la caravana salió a campo abierto delante de la ciudad se impartieron órdenes de regresar de inmediato. Como si hubieran sido adiestrados durante años en esa particular maniobra, los marcianos se disgregaron como bruma dentro de las amplias entradas de los edificios vecinos. En menos de tres minutos la caravana de carros en su totalidad, junto con los mastodontes y los guerreros que los montaban, se perdieron de vista.

Sola y yo habíamos entrado en un edificio del frente de la ciudad —el mismo, para más datos, en el que había tenido mi encuentro con el simio—, y esperando descubrir qué era lo que había causado tan repentina retirada, subí hasta uno de los pisos superiores y desde la ventana miré el valle y las colinas más lejanas. Allí encontré la causa de nuestra rápida retirada en busca de protección: una enorme nave larga, baja y pintada de gris se mecía lentamente sobre la cresta del cerro más próximo, detrás de ella apareció otra y luego otra y otra, hasta que llegaron a sumar una veintena, meciéndose muy cerca del suelo en tanto se dirigían lenta y majestuosamente hacia nosotros.


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