Una princesa de Marte
Una princesa de Marte 
Aprendiendo a hablar
Cuando recobré mi presencia de ánimo miré a Sola, que había sido testigo de ese encuentro, y me sorprendí al notar una extraña expresión en su rostro generalmente inexpresivo. No sabía cuáles eran sus pensamientos, ya que apenas conocía la lengua marciana lo suficiente como para mis necesidades diarias.
Al llegar a la puerta de nuestro edificio me esperaba una extraña sorpresa: se me acercó un guerrero con los ornamentos, armas y atavíos completos de su raza, y me los ofreció con unas pocas palabras ininteligibles y con gesto respetuoso y al mismo tiempo amenazador.
Más tarde, Sola, con ayuda de varias mujeres, arregló los ornamentos para que se adaptaran a mis proporciones menores y luego de terminado el trabajo salí a pasear ataviado con un equipo de guerra completo.
De ahí en adelante Sola me inició en los misterios de las diferentes armas y pasé varias horas practicando con los marcianos más jóvenes todos los días. Todavía no era experto con todas las armas, pero mi gran familiaridad con armas terráqueas similares me convirtió en un alumno singularmente apto y progresé en forma muy satisfactoria.
