Vida del emperador Carlomagno
Vida del emperador Carlomagno [1] La familia de los merovingios, de la cual los francos acostumbraban elegir sus reyes, duró, según se considera, hasta el rey Childerico, quien, por orden del pontífice romano Esteban, fue depuesto, tonsurado2 y relegado a un monasterio. Pero aunque pueda parecer que acabó con él, sin embargo hacía ya tiempo que carecía de todo vigor y no se distinguía por nada más que por esa vacía palabra «rey». Pues las riquezas y el poderío del reino se hallaban en manos de los prefectos de palacio, que eran llamados mayordomos o intendentes de la casa y a quienes correspondía el poder supremo. Al rey no le quedaba ya nada más que, contento con el solo nombre de rey, la larga cabellera y la barba crecida, sentarse en el trono y representar la figura del gobernante, oír a los embajadores que venían de todas partes y, cuando marchaban, entregarles las respuestas que se le habían indicado o incluso ordenado como si fueran suyas. Salvo ese nombre de rey, casi inútil, y una precaria paga para sustentarse, que le acordaba a su placer el prefecto de la corte, no poseía nada propio, sino una sola finca, y de renta muy pequeña, en la que tenía una casa y una pequeña cantidad de servidores que le proporcionaban lo necesario, además de demostrarle respeto. A cualquier parte que tuviera que ir lo hacía en un carro tirado por bueyes uncidos a los que conducía un boyero a la manera rústica. Así solía ir al palacio, así a la asamblea pública de su pueblo, que tenía lugar anualmente en interés del reino, y así volvía a su casa. El prefecto de la corte proveía a la administración del reino y a todo lo que, dentro y fuera, debía atenderse y disponerse.