El Hermano Jacob
El Hermano Jacob El corazón de David latía audiblemente y, si hubiera tenido labios, éstos habrían palidecido; pero la actividad mental del joven, en lugar de paralizarse, se vio estimulada. Mientras rezaba para sí (siempre rezaba cuando estaba muy asustado) —«¡Sálvame esta vez y no volveré a ponerme en peligro!»—, metía la mano en el bolsillo para buscar una caja de caramelos amarillos que se había traído de Brigford, junto con otras exquisiteces de naturaleza igualmente transportable, como medio para congraciarse con una belleza orgullosa, en concreto, con la de la señorita Sarah Lunn. Al pobre Jacob nunca le habían ofrecido golosinas semejantes, porque David no era un joven que malgastara confites y caramelos para placer de personas de las que nada esperaba. Pero un idiota con intenciones equívocas y una horca en la mano bien merece tantos mimos y halagos como si fuera Luis Napoleón. Entonces David, con una celeridad adecuada a la ocasión, sacó la caja de caramelos amarillos, levantó la tapa e hizo una pantomima con la boca y los dedos destinada a indicar que estaba encantado de ver a su querido hermano Jacob y que aprovechaba la ocasión para ofrecerle un pequeño regalo que le resultaría especialmente agradable al paladar. Jacob no era un idiota profundo y, dentro de ciertos límites, sabía escoger el bien y rechazar el mal: cogió un caramelo, para probarlo, y lo chupó como si fuera un filósofo; después, en un estado de éxtasis ante su sabor nuevo y complejo, tan grande como el de Calibán ante el vino de Trínculo[5], soltó una risita, acarició a su repentinamente caritativo hermano y le tendió la mano para que le diera más; porque, a pesar de los ataques de rabia, Jacob no era fiero ni innecesariamente rapaz. El valor de David fue regresando y dejó de rezar; echó una docena de caramelos en la palma de Jacob e intentó mostrarse muy afectuoso. Se felicitó de haber proyectado ir a ver a la señorita Sally Lunn aquella tarde y de que, como consecuencia, llevara consigo aquellas exquisiteces propiciatorias: sin duda, era un hombre con suerte; en realidad, era muy probable que la Providencia fuera más partidaria de él que de otros aprendices y, puesto que debía ser interrumpido, qué caramba, era preferible un idiota que cualquier otra clase de testigo. Por primera vez en su vida, David pensó en las ventajas de los idiotas.