El Hermano Jacob

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En cuanto a Jacob, había tirado la horca al suelo y se había tendido al lado de ésta, totalmente abandonado al placer sin precedentes de tener cinco caramelos en la boca a la vez; parpadeaba y hacía ruidos de satisfacción gustativa. No había dado la menor señal de haber visto las guineas pero, al sentarse, había apoyado su gran mano derecha sobre ellas y, sin darse cuenta, la mantenía en esa posición, absorto en la sensación de su paladar. ¡Ojalá siguiera ocupado con los caramelos y no viera las guineas antes de que David pudiera taparlas! Aquélla era la mayor esperanza de David; porque Jacob conocía la existencia de las guineas de su madre; había formado parte de su común experiencia, cuando eran niños, que les permitieran contemplar aquellas hermosas monedas y agitar la caja que las contenía en días de fiesta y vacaciones, y, de las escasas experiencias de Jacob con el dinero, probablemente ésta era la más memorable.

—Mira, Jacob —dijo David con tono insinuante, tendiéndole la caja—. Te los daré todos. ¡Corre! ¡Date prisa! Que no venga alguien y se los quede.





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