El Hermano Jacob

El Hermano Jacob

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David, que no había estudiado la psicología de los idiotas, no era consciente de que no es posible manipularlos con temores imaginarios. Jacob cogió la caja con la mano izquierda, pero no vio la necesidad de salir corriendo. ¿Acaso un joven dispuesto a sentar las bases de su fortuna apropiándose de las guineas de su madre podía ver su camino obstaculizado por una pesadilla como aquélla? Ya llegaría el momento en que Jacob moviera la mano derecha para levantar la tapa de la diminuta caja, y entonces David aprovecharía para barrer las guineas hacia el agujero con la mayor habilidad y rapidez, y después se sentaría encima. ¡Ah, no! De nada sirve tener intuición cuando tratas con un idiota: no se puede calcular así su conducta. La mano derecha de Jacob se entretenía cogiendo y lanzando cosas al azar; de repente, agarró las guineas como si fueran otros tantos guijarros y alzó la mano con un gesto que prometía esparcirlas sobre una lejana zarza, como si fueran semillas, cuando, por un impulso u otro —probablemente, debido a una sensación insólita—, la mano se detuvo, descendió hacia la rodilla y se abrió lentamente bajo la atenta mirada de los apagados ojos del idiota. David empezó a rezar otra vez pero desistió en cuanto se le ocurrió otra idea mejor.

—¡Madre! ¡Las ineas! —exclamó el inocente Jacob. Después, mirando a David, preguntó—: ¿La caja?


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