El Hermano Jacob
El Hermano Jacob —¡Chitón! —dijo David, aplicando todo su ingenio para salir de aquel grave aprieto—. ¡Mira, Jacob! —Cogió la cajita de la mano de su hermano y la vació de caramelos; devolvió a Jacob una mitad, pero se guardó la otra. Después le tendió la caja vacÃa y dijo—: ¡Aquà tienes la caja, Jacob! ¡La caja de las guineas! —y, muy suavemente, fue introduciendo en ella las monedas que Jacob tenÃa en la mano.
Jacob no puso reparos a la operación; al contrario, las guineas tintineaban de modo tan agradable al caer que deseaba volver a oÃr su sonido y, cogiendo la caja, empezó a agitarla alegremente. David, aprovechando la oportunidad, depositó el resto de los caramelos en el suelo y los cubrió rápidamente de tierra.
—¡Mira, Jacob! —dijo finalmente. Jacob dejó de agitar las monedas y miró hacia el agujero, mientras David empezaba a escarbar en la tierra, como con la incierta esperanza de encontrar algo. Cuando los caramelos quedaron a la vista, los cogió de uno en uno y se los fue dando a Jacob.
—¡Chitón! —dijo en un sonoro susurro—. No se lo digas a nadie, todos para Jacob. Sssst. Pon las guineas en el agujero, ¡luego saldrán asÃ! —Para completar la lección, cogió una moneda y, mientras la metÃa en el agujero, dijo—: Pones esto. —Después, sacando el último caramelo—: Sale esto —explicó, poniéndolo en la hospitalaria boca de Jacob.