El Hermano Jacob

El Hermano Jacob

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Llegado a este punto, David tenía claro que sólo le quedaba una alternativa: debía renunciar a las guineas, devolviéndolas furtivamente al cajón de su madre (lo que no dejaba de presentar ciertas dificultades); o debía dejar tras de sí algo más que una sospecha y partir a la mañana siguiente sin comunicárselo a nadie y con las guineas en el bolsillo. Porque, si anunciaba su partida, sabía que su madre insistiría en sacar de la caja de guineas las tres que le había prometido que le correspondían; en realidad, en su plan original, había previsto que el robo se descubriera en circunstancias que no pusieran en entredicho su inocencia; pero ahora no es necesario explicar que aquel plan tan bien urdido se había frustrado por completo. Aunque David hubiera sido capaz de sobornar a Jacob con caramelos toda la vida, no hay secreto posible con un idiota. Ni siquiera se atrevió a ir a tomar el té a casa del señor Lunn porque, si lo hubiera hecho, habría perdido de vista a Jacob, el cual, en su impaciencia por obtener la cosecha de caramelos, podría haber escarbado otra vez en busca de la caja mientras él estaba ausente y habérsela llevado a casa, haciéndole perder al mismo tiempo su reputación y las guineas. ¡No! Durante el resto del día no debía pensar en nada más ni hacer otra cosa que engatusar a Jacob e impedir que hiciera nada malo. Fue una tarde inquieta y cansada para David; sin embargo, no se atrevió a irse a dormir sin atarse un cordel entre el pulgar y el dedo gordo del pie para asegurarse de que se despertaba continuamente; porque tenía intención de levantarse con el primer rayo del alba y estar ya lejos antes de la hora del desayuno. Estaba convencido de que su padre lo dejaría sin un chelín, pero ¿qué más daba? Un joven tan notable como él seguro que sería bien recibido en las Indias Occidentales: en los países extranjeros siempre hay resquicios para entrar, incluso para los gatos. Era probable que alguna princesa Yarico quisiera que se casara con ella y le regalara grandes joyas nada más verlo; tras lo cual no tendría que casarse con ella, a menos que él quisiera. David había tomado la decisión de no volver a robar, ni siquiera a la gente que lo apreciaba: era una manera desagradable de hacer fortuna en un mundo en el que podía sorprenderte algún hermano. Tales alarmas no sentaban bien a la constitución de David y había sentido tantas náuseas que seguro que su hígado se había visto afectado. Además, le habría herido sobremanera que el mundo no tuviera de él un buen concepto: siempre había querido ser un personaje y que lo consideraran merecedor de los mejores asientos y los mejores bocados.


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