El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Mientras meditaba cosas de este tenor sobre el brillante futuro que tenÃa en perspectiva, David, con ayuda del cordel, esperaba alerta las primeras luces para levantarse y partir. Como es natural, sus hermanos eran madrugadores, pero él debÃa adelantárseles al menos hora y media, y la ventana de la pequeña habitación que ocupaba daba sobre el montador, de manera que podÃa salir por ella sin la menor dificultad. Jacob, el horrible Jacob, tenÃa la mala costumbre de levantarse antes que los demás, para saciar el hambre vaciando el tazón de leche que se le «preparaba debidamente»; pero últimamente habÃa tomado por costumbre dormir en el pajar y, si se acercaba a la casa, serÃa por el camino contrario al que tomarÃa David para marcharse. No hacÃa falta pensar en Jacob; sin embargo, David era lo bastante generoso para dedicarle una maldición —lo único que dedicaba de modo gratuito—. Hizo rápidamente un hatillo de ropa y no tardó en bajar con paso ligero por los escalones del montador y recorrer rápidamente los campos hacia el bosquecillo. No le costarÃa más de dos minutos hacerse con la caja; podÃa distinguir el árbol bajo el cual estaba enterrada gracias a la franja pálida de donde habÃa saltado la corteza, aunque la luz del amanecer era más tenue en el bosquecillo. Pero ¿qué… bollo frito era aquel cuerpo grande con un bastón plantado a su lado, a los pies del fresno? David hizo una pausa, aunque no para decidir cuál era la naturaleza de la aparición, ya que no habÃa tenido la felicidad de dudar ni por un momento de que el bastón era la horca de Jacob, sino para hacer acopio de las fuerzas necesarias para dirigirse a su hermano con un tono oportunamente melifluo. Jacob estaba absorto escarbando en la tierra y no habÃa oÃdo que David se acercaba.