El Hermano Jacob

El Hermano Jacob

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—¡Eh, Jacob! —dijo David con un sonoro susurro, en el preciso momento en que la cajita salía del agujero.

Jacob levantó la vista y, al distinguir a su dulce hermano, asintió con la cabeza y le sonrió en la suave luz de manera tal que a David le pareció un demonio triunfante. Si hubiera sido persona de carácter impetuoso, habría arrancado la horca del suelo y habría empalado a aquel demonio fraternal. Pero David no tenía nada de impetuoso; era un joven muy dado a calcular las consecuencias, costumbre que, según se dice, es fundamento de la virtud. Pero, de un modo u otro, en él no producía ese efecto: calculaba si la acción podría tener consecuencias negativas para él o si sólo perjudicaría a los demás. En el primer caso, se mostraba muy prudente cuando se trataba de satisfacer sus deseos inmediatos; pero, en el segundo, se arriesgaba con mucho más valor.

—Dámela, Jacob —dijo, agachándose y dando unas palmaditas a su hermano—. Vamos a ver.

Jacob, que encontraba que la tapa estaba demasiado dura, tendió la caja a su hermano con total confianza. David la abrió y negó con la cabeza mientras Jacob metía un dedo y sacaba una guinea para probar si la metamorfosis en golosinas era completa y satisfactoria.


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