El Hermano Jacob
El Hermano Jacob —No, Jacob; es demasiado pronto, demasiado pronto —dijo David después de que probara la guinea—. Dámela; iremos y la enterraremos en otro sitio, por ahà —añadió, señalando vagamente a lo lejos.
David enroscó la tapa mientras Jacob, con aire grave, se ponÃa de pie y cogÃa la horca. Después, al ver el hatillo de David, lo agarró, como un perro terranova demasiado obsequioso, lo ensartó en el bieldo y se lo echó al hombro con aire triunfal mientras acompañaba a su hermano y la caja fuera del bosquecillo.
¿Qué podÃa hacer David? HabrÃa sido fácil mirar a Jacob con el ceño fruncido, darle una patada y ordenarle que se marchara; pero habrÃa preferido dar antes una patada a un toro. Jacob estaba tranquilo mientras lo trataban con indulgencia; pero ante la menor muestra de ira se volvÃa completamente rebelde y era propenso a ataques de furia que lo convertÃan en un peligro aun sin horca. No habÃa otra manera de dominarlo que la amabilidad o la astucia. David probó la vÃa de la astucia.
—Anda, Jacob —dijo, en cuanto salieron del bosquecillo, señalando la casa—: ve a buscarme una pala: una pala. Pero dame el hatillo —añadió mientras intentaba cogerlo de donde estaba colgado en lo alto de la horca, apoyada en el alto hombro de Jacob.