El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Pero Jacob se mostró tan poco dispuesto a obedecer como una avispa a dejar un cuenco con azúcar. Cerca de David se sentía próximo a los caramelos: soltó una risita y frotó la espalda de su hermano mientras alzaba el hatillo hasta dejarlo fuera de su alcance. Conteniendo un gemido, David cambió de táctica y empezó a andar todo lo deprisa que pudo. No era prudente entretenerse. Quizá Jacob se cansara de seguirlo o, en cualquier caso, tal vez David pudiera zafarse de él. Si llegaban a la lejana carretera, era posible que los adelantara una diligencia; David subiría, tras haberle quitado el hatillo con alguna añagaza, y entonces Jacob podría aullar y blandir la horca todo lo que quisiera. Entre tanto, se vio fatalmente obligado a ser muy amable con aquel ogro y a pedir para él un abundante desayuno cuando se detuvieron en una posada junto a la carretera. Llevaban ya tres horas de camino y David estaba cansado. ¿Acaso no iba a pasar nunca un carruaje?, se preguntaba. En el curso de las dos horas siguientes no pasó ni un solo coche, hasta que, de repente, apareció el carro de un transportista que se dirigía a la ciudad más próxima. ¡Si pudiera escaparse, aunque fuera dejando atrás el hatillo, y subir al carro sin Jacob! Pero había un nuevo obstáculo. Jacob acababa de descubrir un resto de azúcar cande en uno de los bolsillos de la levita que llevaba su hermano; y, desde ese momento, no soltaba la prenda, quizá con la esperanza de que, tarde o temprano, saliera de ahí más azúcar. Cualquiera que haya llevado levita comprenderá el cuidado que debe poner un hombre para no alejarse a toda prisa cuando alguien lo agarra por los faldones. David deseaba que lo recibieran bien los desconocidos, pero no lo tratarían igual si a la levita le faltaba un faldón.