El Hermano Jacob
El Hermano Jacob Sintió que lo cubrÃa un sudor frÃo. No querÃa andar más: subirÃa al carro y dejarÃa que Jacob subiera con él. Se le ocurrió una idea alentadora: tras un desayuno tan abundante, seguro que Jacob se dormÃa en el carro; y es fácil adivinar que David pretendÃa agarrar el hatillo, saltar y quedar libre. Sus esperanzas se cumplieron en parte: Jacob se durmió en el carro, pero en extraña postura: estrechando a su querido hermano entre sus brazos; y cada vez que David intentaba moverse, el abrazo se cerraba con la fuerza de una cariñosa boa constrictor.
—Ese inocente te quiere mucho —comentó el transportista, pensando que, probablemente, David era un hermano afectuoso y deseando hacerle un cumplido.
David gruñó. Los caminos del robo no siempre son deleitosos. ¡Oh!, ¿por qué le habÃa tocado en suerte tener un hermano idiota? ¿Por qué el mundo estaba hecho de tal manera que un hombre no podÃa llevarse las guineas de su madre cómodamente? David se sumió en hosca meditación.